La neurociencia sabe en qué fase del sueño y en qué zonas del cerebro se producen los sueños. Lo que todavía no sabe, y quizá nunca sepa del todo, es por qué eligen las historias que eligen. Freud, Jung y setenta años de laboratorios del sueño en una sola investigación, con lo que se sabe de los sueños más comunes.
Pasamos, de media, unos seis años de nuestra vida soñando, y la mayoría recordamos una fracción mínima de ello. Durante décadas, la ciencia trató los sueños como ruido neurológico sin significado. Hoy sabemos que no es tan sencillo: el cerebro que sueña está activo, organizado y parece hacer algo con un propósito. Lo que sigue sin resolverse es cuál es exactamente ese propósito, y ahí la neurociencia y la psicología simbólica, aunque partan de puntos opuestos, acaban cruzándose.
Hasta mediados del siglo XX nadie sabía siquiera en qué momento físico se producían los sueños. Eso cambió en 1953, cuando el investigador Eugene Aserinsky, dirigido por Nathaniel Kleitman en la Universidad de Chicago, identificó el sueño REM (Rapid Eye Movement): una fase con movimientos oculares rápidos, una actividad cerebral casi tan intensa como en la vigilia y una parálisis casi total de los músculos voluntarios.
Cuando los investigadores despertaban a voluntarios durante el sueño REM, estos describían sueños vívidos y narrativos en la gran mayoría de los casos. Por primera vez, la ciencia tenía una ventana física al momento exacto en que el cerebro construye una historia mientras el cuerpo permanece inmóvil. Hoy se sabe que también se sueña en otras fases, aunque los sueños del REM son los más largos y extraños.
En 1899 (con fecha oficial de 1900), Sigmund Freud publicó La interpretación de los sueños, donde proponía que todo sueño es la realización disfrazada de un deseo reprimido: el "guardián del sueño" transformaría impulsos inaceptables en imágenes simbólicas lo bastante disfrazadas como para no despertarnos.
Carl Jung, discípulo cercano de Freud durante años, rompió con él en parte por discrepar precisamente de esto. Para Jung, el sueño no hablaba sobre todo de deseos reprimidos, sino de compensación: la psique intentaría equilibrar lo que la vida consciente ignora, a través de símbolos compartidos por toda la humanidad, los arquetipos del inconsciente colectivo.
El sueño esconde. Tu tarea es descifrar lo que disfraza, normalmente algo que prefieres no admitir ante ti mismo.
El sueño revela. Tu tarea es escuchar lo que la parte más sabia de ti intenta decirle a la parte más despierta.
La neurociencia actual no tiene una única respuesta, sino varias hipótesis que probablemente son ciertas en parte:
J. Allan Hobson y Robert McCarley, en Harvard, propusieron que durante el REM el tronco cerebral genera señales casi aleatorias y la corteza intenta darles sentido tejiendo una historia, coherente o no. El sueño sería el cerebro improvisando una narración.
El investigador finlandés Antti Revonsuo sugirió que los sueños, sobre todo los angustiosos, funcionan como un simulador evolutivo: un entrenamiento seguro para reconocer peligros y reaccionar ante ellos.
En un experimento publicado en Current Biology, el equipo de Erin Wamsley y Robert Stickgold pidió a voluntarios que aprendieran a moverse por un laberinto virtual. Quienes durmieron la siesta y soñaron con la tarea mejoraron mucho más al repetirla. Es una de las pistas de que el sueño ayuda a consolidar lo aprendido.
El cerebro no deja de contar historias por la noche. Sigue haciendo lo que hace de día, solo que sin los datos de los sentidos que lo mantienen anclado a la realidad.
— Síntesis de la neurociencia del sueño contemporáneaEl psicólogo estadounidense Calvin Hall dedicó décadas a recopilar y clasificar relatos de sueños, y en 1966 publicó con Robert Van de Castle un sistema para analizar su contenido que todavía se usa. La conclusión más sorprendente fue lo poco extraños que son la mayoría: casas, personas conocidas, conversaciones, y con más emociones negativas (miedo, ansiedad, enfado) que positivas.
Algunos argumentos, sin embargo, se repiten en todas las culturas. En un estudio de 2003 con más de mil estudiantes universitarios, el equipo de Tore Nielsen encontró que alrededor del 80 % había soñado alguna vez que le perseguían, y en torno al 70 % que caía. También eran muy frecuentes los sueños sobre el colegio y los exámenes, sobre llegar tarde o sobre volar.
Los estudios de contenido observaron que los animales aparecen mucho más en los sueños de los niños que en los de los adultos. La ciencia no atribuye a cada animal un significado fijo: una serpiente puede reflejar un miedo concreto, un recuerdo reciente o nada en particular. La tradición simbólica, en cambio, lleva siglos dándoles sentido, y ahí la pregunta útil no es "qué significa" en abstracto, sino qué te hizo sentir a ti. Si te interesa ese enfoque, El gran libro de los sueños recoge los símbolos más habituales y las distintas formas de leerlos.
Durante el sueño REM, los niveles de noradrenalina, un neurotransmisor importante para fijar recuerdos, son muy bajos. El cerebro produce la experiencia, pero apenas la guarda. Por eso recordamos sobre todo los sueños de los que despertamos directamente, y por eso se desvanecen en pocos minutos si no los repasamos.
El remedio que proponen tanto los investigadores como los aficionados a la interpretación es el mismo: dejar una libreta junto a la cama y anotar el sueño nada más despertar, antes de mirar el móvil. En pocas semanas, la mayoría de la gente recuerda bastante más.
En los años ochenta, el investigador Stephen LaBerge, en la Universidad de Stanford, demostró en el laboratorio algo que algunas tradiciones de meditación describían desde hacía siglos: es posible ser consciente, dentro del sueño, de que se está soñando, y entrenar esa capacidad. Lo probó con señales pactadas de antemano mediante movimientos de los ojos, uno de los pocos músculos que no se paralizan durante el REM.
Los sueños son a la vez un fenómeno neurológico bien documentado y un territorio de significado personal que la ciencia no pretende agotar. Saber cómo produce el cerebro un sueño no dice nada sobre lo que ese sueño significa para ti; esa pregunta sigue perteneciendo, con toda legitimidad, al terreno simbólico y personal.
Freud y Jung discreparon en casi todo, pero coincidieron en esto: un sueño merece que lo tomemos en serio.
No eliges lo que sueñas. Pero sí eliges qué haces con lo que has soñado.
— OraculuminusEste artículo se basa en investigación documentada: el descubrimiento del sueño REM (Aserinsky y Kleitman, 1953); la hipótesis de activación-síntesis (Hobson y McCarley, 1977); la teoría de la simulación de amenazas (Revonsuo, 2000); el estudio sobre sueños y aprendizaje de Wamsley, Stickgold y colaboradores (Current Biology, 2010); el sistema de análisis de contenido de Hall y Van de Castle (1966); el estudio sobre sueños típicos de Nielsen y colaboradores (2003); la obra de Freud y Jung; y la investigación sobre sueños lúcidos de Stephen LaBerge. Oraculuminus presenta la interpretación de los sueños como herramienta de entretenimiento y reflexión personal, no como diagnóstico.
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